¿Como iniciar a escribir una página en blanco cuando vamos a hablar de un lugar tan poco ordinario? Y a la vez rutinario para muchos otros.
Lo llaman "Las escaleras" se encuentra en el mero corazón de la Ciudad de México. A sólo unas cuadras del zócalo y a unas pocas del barrio de Santo Domingo.
Yo llegué de noche, a eso de las 10. A la entrada estaban 2 señoras que parecía vivían cerca de la zona, junto a ellas, platicando, estaba "El Caifán". No querían dejarnos entrar, él intercedió por nosotras diciendo que le diría al dueño que habíamos llegado al lugar.
La fachada es de una casona vieja del siglo XIX, descuidada, con partes derruidas por el tiempo, una puerta de lamina pintarrajeada que "El Caifán" tocó, cuando salió alguien, él intercambió unas palabras y nos dejaron entrar.
Al cruzar la puerta solo se aprecia una casa en ruinas, el piso de cemento como en obra negra, las paredes blancas pintarrajeadas de un pasillo típico también de la época de la casa, solo que completamente asolado por el tiempo y el descuido.
Gente bebía cerveza de pie recargados de las paredes. Del lado izquierdo del pasillo aparecen unas escaleras. Al fondo se escucha música y gente. Ingresamos del lado derecho donde hay apenas una mesa y una barra. Mi acompañante saluda al que yo interpreto como dueño o administrador del lugar, nos vende unas cervezas y nos internamos en los cuartos del fondo.
Solo habitaciones vacías con música que sale de quién sabe dónde, todo en obra negra, o eso parece. Una luz tenue ilumina el lugar, la gente baila, bebe alcohol, cerveza, platican. Por la manera de hablar deduzco que todas las personas son de la zona, si alguna vez vimos cine mexicano puedo describir a la gente como que eran personajes de entre "Los olvidados" de Buñuel o "Nosotros los pobres" de Ismael Rodríguez.
La sensación que experimenté era de un poco de desconfianza, un nervio en la boca del estómago, aquel lugar da la impresión de ser un hueco en la ciudad donde todo podría estar permitido, un hueco clandestino del centro de la ciudad. Traté de ignorar mi sentir, reflejarlo en seguridad y convivir con aquellas personas lo más natural posible, el lugar era sin duda como me lo habían descrito.
Por explorar recorrimos el lugar, subimos las escaleras aquellas que estaban en la entrada del lado izquierdo, crujían a cada paso, en la planta alta se oían voces pero solo se veía oscuridad hacia un pasillo que conducía a ya no supe dónde, solo nos asomamos pero decidimos volver a la planta baja. Nos quedamos bebiendo en las escaleras cuando unos tipos empezaron a pelear en el pasillo, luego de unos empujones sacaron a unos y la fiesta continuó en paz.
Ya más ambientadas volvimos a las habitaciones del fondo, bailamos un rato hasta que empezamos a platicar con unas chicas, recuerdo que vestían unos leggins, su cabello era de colores, usaban blusas de tirantes, de aspecto bastante rudo. Ellas nos invitaron a la parte del fondo del lugar, una habitación sin techo, completamente vacía. Parecía parte del casco de lo que algún día fue una gran casa colonial.
Ahí estuvimos con ellas platicando, empezamos a escuchar como el ruido de las habitaciones cercanas a la salida desaparecía, el lugar se vació. Nosotras seguimos platicando, nos ofrecieron un toque, reímos, intercambiamos experiencias. Cuando nos percatamos que afuera no había nadie decidimos irnos también.
Salimos mi acompañante y yo muy divertidas, yo estaba segura de que no volvería, pero vivirlo sin duda cambió mi manera de ver a la ciudad, a su gente. Escribo esto casi 8 años después de haberlo vivido, los recuerdos son vagos, pero este escrito es una deuda que tenía con aquella experiencia.
Conocí a una sociedad marginada, una parte de la población de la que no soy parte, pero que al final me acogió sin reproche, con quienes compartí un par de chelas como si fueran amigas de farra.
Vivencias que solo la Ciudad de México puede dar.